Hace dos meses se
conmemoraron 40 años de la Catástrofe en Armero (Tolima) y Chinchiná (Caldas),
provocadas por la erupción del Cráter Arenas del Volcán Nevado del Ruiz, un
evento que ya era previsible por el comportamiento, pero que la politiquería y
la pereza mental de la clase dirigente hicieron que se volviera una infamia. Seguramente
en menos de diez años, cuando se conmemore el medio siglo de esta hecatombe,
seguirán haciéndose las mismas reflexiones y continuará el abandono estatal en
las zonas de desastre, porque en Colombia es común olvidar y/o ignorar la
historia, cayendo en los errores de siempre que conllevan los peores problemas.
En la columna “Cráter Arenas” (18/11/2025), se dictaba la siguiente
sentencia: “Había
toda la logística para un manejo responsable del problema, pero los vericuetos
burocráticos ocasionaron un corto circuito con 25 mil víctimas incluidas, y la
imposible recuperación ambiental en ciertas zonas afectadas por la erupción del
13 de noviembre de 1985”.
A continuación, se mostrará
un trabajo hecho por el Periodista Mario Villalobos Osorio, quien tiene
vínculos con la zona de Armero y Lérida, sobre lo que pasó antes, durante y
después de la erupción, y como la negligencia política hizo que no se escuchara
a la población sobreviviente y aún hoy se consideren irreversibles no solo los
efectos ambientales, también físicos y mentales en la zona.
El libro se llama “Armero, 40 años, 40
historias” en donde se hace un informe claro y conciso (con toda la
documentación requerida) para entender que si bien, nunca se está preparado
para atender una catástrofe de estas magnitudes, la desidia y el oportunismo
politiquero son capaces de llevar a la ignorancia sobre prevención y mitigación
de catástrofes, y todo el mundo se lave las manos a la hora de asumir las
responsabilidades correspondientes. Empezando por las adopciones ilegales de
menores de edad que hubo principalmente en Armero (Tolima), segundos después de
que la avalancha de lodo y piedras, no solo se llevara por delante la represa
del Sirpe (en donde días antes se había puesto una roca por los derrumbes
invernales que había), sino que el pueblo prácticamente desapareció del
panorama político, lo que era en otra época una de las zonas más prósperas de
Colombia, en ganadería y agricultura. Como se iba sacando la gente atrapada
en el lodo y luego se iban confinando en zonas sin preguntarles nada ni consultarles,
muchos menores de edad fueron llevados al extranjero, mediante trampas ilegales
al exterior, y aún hoy, mucha gente sigue preguntando por sus infantes de ese
entonces sin que les den alguna respuesta.
Otro aspecto a tener en cuenta es la
mala administración que hubo sobre el mensaje claro y contundente que dieron
geólogos expertos sobre el comportamiento del Volcán Nevado del Ruíz que tenía
desde diciembre de 1984, así como las referencias a erupciones anteriores en
1595 y 1845, que arrasaron con todo lo que estaba en su camino, causando muerte
también. Se debe destacar que en el departamento de Caldas hubo mayor atención
porque dos personas; un Representante a la Cámara (Hernando Arango Monedero) y el
Director en ese entonces de la Defensa Civil de Caldas (Omar Mejía), hicieron
sentir su voz para amortiguar en algo la avalancha que hubo sobre la población
de Chinchiná, y en zonas rurales de Villamaría y Palestina, aunque hubo dos mil
muertos y varios desaparecidos, nada comparado con las 25 mil muertes y
numerosas desapariciones en la “Ciudad Blanca”. ¿Por qué el Gobernador del
Tolima en esa época, Eduardo Alzate García, no le hizo mayor caso a los
mensajes preocupantes que emitía el último alcalde de Armero antes de la
tragedia, Ramón Rodríguez?, ¿Dónde estaba el Gobierno Nacional, en cabeza de
Belisario Betancourt y Víctor G Ricardo? Lamentablemente muchas explicaciones
se fueron con sus dueños del mundo terrenal.
Pero lo que vino después de la
catástrofe, el manejo posterior no fue un modelo a seguir, solo la demostración
de la desidia haciendo alianzas con la corrupción. Se creó en ese entonces una
entidad llamada “Resurgir”, que prácticamente fue un redestruir a la zona y su
gente; tanto es así que se acabó un año antes de su tiempo de funcionamiento,
sin que diera mayores resultados. Ni hablar de un craso error: enviar un
Alcalde Militar a lo poco que quedaba de Armero, quien prácticamente manejó la
zona como un Campo de Concentración, donde a la población afectada no se le
permitía hacer nada, ni opinar. Es más, hubo un caso de corrupción
miserable, donde consistían en cambiar ropa (nueva y usada) que se obtenían por donaciones por
huevos que hacía una extraña comerciante, quien según malas lenguas, comerciaba
en Bogotá la ropa nueva para obtener beneficio económico personal. ¿Qué
pasó con todas las investigaciones exhaustivas que se abrieron desde esa época?
Naufragaron en prescripciones, puesto que hubo dilaciones de diligencias
judiciales, así como la presentación de recursos de nulidad, porque la Cruz
Roja era una entidad privada; ni a los gobiernos correspondientes (nacional y
locales) les hicieron un llamado de atención.
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